martes, 26 de febrero de 2013

Equilibrio entre decisión política y racionalidad administrativa



Un aspecto central en el debate de la ciencia de la política es buscar el equilibrio entre ésta y la toma de decisiones traducida en la administración de los procesos; tomando en cuenta que persiste la idea de que se encuentran desligadas una de la otra en el momento de ejecutar las acciones.

Si bien los procesos de toma de decisiones de políticas públicas se definen como un conjunto más o menos sistemático e institucionalizado de operaciones políticas y administrativas a través de las cuales una política pública es legitimada y puesta en marcha, entonces se puede decir que las decisiones en el sistema político y en la administración constituyen una de las “cajas negras” de las políticas públicas y de la ciencia de las políticas, toda vez que involucra un proceso específico en la totalidad de la estructura de una o varias instituciones, desde los niveles estratégicos o decisionales hasta los niveles operativos y de ejecución.

Por tanto, el proceso administrativo es la llave de las políticas públicas, ya que ningún sistema tendrá efecto mientras no se dé una decisión; proceso que se puede fraccionar en partes analíticamente divisibles como la identificación de un problema que requiera acción pública, la formulación de posibles alternativas de solución, el análisis y diseño de los posibles cursos de acción, la selección del curso de acción, la adopción de decisiones por parte de la autoridad legitimada, la ejecución de la política pública y la evaluación de los resultados.

De esa manera se va sustituyendo la intuición, la opinión y la experiencia por un conjunto de técnicas y métodos precisos que ayudan a encontrar -no una decisión cualquiera sino- la mejor decisión. Es evitar incurrir en errores generados por el incorrecto análisis de información o la carencia de visión al desarrollar políticas públicas que generan un efecto negativo en diversos sectores de la población, principalmente en la población mexicana adulta que se aproxima a la condición de adulta mayor (30 millones 190 mil 599 habitantes entre 35 y 59 años1).

De hecho, centrándonos en este sector de la población, derivado de la carencia de políticas públicas eficaces en las últimas décadas, los futuros adultos mayores no serán aspirantes a un esquema de jubilación, al haberse implementado un sistema universal de pensión mínima las generaciones de trabajadores pensionados no contarán con recursos para sobrevivir económicamente y se generará un mayor empobrecimiento de la población.

Por eso, es importante considerar que toda decisión en el marco de las políticas públicas genera efectos y tiene como trasfondo una teoría de cambio social, ya que existe una relación de causa a efecto en las disposiciones que rigen y fundamentan las acciones públicas, pero además, conlleva costos, obligaciones y beneficios para el colectivo al que va dirigida.

Desde esta perspectiva, es importante destacar que todo proyecto tiene efecto sobre el crecimiento y el desarrollo económico y social de una región, por lo que es necesario detenerse y analizar la ejecución -que en muchas ocasiones no se acompaña de criterios de eficiencia y productividad- para evitar deficiencias de carácter técnico y de gestión que obstaculizan el logro de los objetivos.

Y es precisamente en la toma de decisiones  cuando se deben equilibrar los procesos de administración con la política pues hay un impacto que se puede traducir en los plazos, los costos, en la calidad de ejecución y en muchos casos en un desarrollo social real; por ejemplo la construcción de carreteras en territorios inadecuados que no generan una infraestructura efectiva o la realización de obras innecesarias como la construcción de la estructura denominada Estela de Luz en el 2012, que tuvo un costo de más de mil millones de pesos traducidos en una ofensa para la ciudadanía por su nulo beneficio social.

Es por ello, la importancia de que los procesos de toma de decisiones de las políticas públicas puedan realizarse desde una perspectiva de equilibrio y rentabilidad social basada en la metodología del sistema de planeación democrático, que obligue al estado mexicano a la coordinación efectiva entre los tres órdenes de gobierno para generar una secuencia de actos políticos, administrativos, jurídicos, financieros y organizacionales que permitan aumentar el nivel de institucionalización del sistema político y de esa manera, legitimar la calidad, racionalidad y eficiencia del proceso de toma de decisiones en el aparato del Estado.

De esta forma, se conduce a relacionar inteligentemente la formulación y aplicación de una política pública con la institucionalidad estatal y administrativa encargada de su aplicación.
Finalmente, el equilibrio entre la decisión política y la racionalidad administrativa debe generar programas de desarrollo y políticas públicas, que en su aplicación mejoren la calidad de vida y promuevan el desarrollo humano de la población con eficiencia, integridad y equidad, porque para ello los ciudadanos mandatan con su voto a los gobiernos en las urnas.

1 Censo 2010, INEGI.

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